El Ejecutivo Surfista – El Arte del Camino Capitulo 3

Previamente en El Arte del Camino: Jose Angel disfruta de 4 días de recarga en Rincón Puerto Rico. Durante una fiesta de Halloween, encuentra una misteriosa galería de arte, y una enigmática mujer de ojos azul pálido le entrega una invitación a una exposición de arte. El artista es Jumali. Inspirado en un personaje real. Hoy comparto la historia de este carismático artista que se convertirá en pieza importante en la búsqueda del  Ejecutivo Surfista. Les invito a leer:

Capítulo 3 MARCUS JUMALI

El joven caminaba por la estación de tren de Panshavar sin ningún rumbo aparente. En sus Converse negros, y franela Hurley podría haber pasado por cualquier surfer urbano, un estudiante de arte con su block de dibujo bajo el brazo. Esta vez, no estaba de visita a la vieja estación de la ciudad milenaria a bocetear figuras y paisajes. Estaba a punto de cambiarlo todo, en un viaje a la nueva tierra. Las despedidas familiares eran lo último que quería experimentar, no por la tristeza sino por lo interminables que se tornaban. Viendo a sus padres llenos de orgullo al ver a su primogénito embarcar en la aventura del conocimiento era incómodo. La vida lo había encaminado a llegar a este punto, entregándole un ticket a la libertad: una beca para cursar estudios superiores  en la Escuela de Artes Plásticas de Rochester University, en los Estados Unidos.

Marcus Jumali tenía su vida pre diseñada. A tan corta edad era poseedor de un alma milenaria. Sus ambiciones artísticas, si a eso se puede llamar la búsqueda de herramientas para dar más, estaban enfocadas hacia la expansión de la consciencia más que en la  técnica del arte. Para Jumali, el arte era una expresión autentica mientras menos técnica podía contener. Eso llamó la atención del representante de la Universidad de Rochester durante la bienal de la Academia de Arte de Pensahavar. Lo demás fue una serie de requisitos, entrevistas y pautas que insólitamente fluyeron con la precisión de un reloj suizo.

Miró por la ventana mientras el tren salía de la estación. El sol freía las calles de Penshavar, reflejando desde techos de terracota los rayos y vetas de luz que Jumali podía dividir en cientos de matices y patrones de color e intensidad. Entró en trance de nuevo, viendo todo su futuro proyectarse en el cielo blanco calina de la ciudad.

Estando conectado con  ese mismo trance, Marcus Jumali, se bajó del vagón del tren en la primera parada, mucho antes de llegar a su destino final, y comenzó a caminar por el desierto. Al fondo se veía la majestuosa cadena de montañas que daban la bienvenida al techo del mundo: El Himalaya. Jumali veía matices de colores, fotones de luz y ondas expansivas de energía. Caminó sin noción de tiempo, una caminata que se tornó en  una aventura de dos años.  Sólo, llegó a al pie del Himalaya y aprendió a vivir realmente.

Durante las noches dormía, de día caminaba y el sol lo llevaba al baile, el baile frenético del enloquecido, dando vueltas, girando y pintando con sus pies con arenas y piedras de diferentes matices y colores, creaciones provenientes de una fuente de inspiración no local. Las tribus nómadas Sufí inmediatamente se encariñaron con el joven, prestándole alojamiento en sus tiendas de lienzo blanco. Las majestuosas moles cubiertas de nieve del Himalaya sirviendo como testigos de la rápida evolución a niveles cada vez más altos de consciencia.

Jumali se entrego a cada día con la pasión de un niño. Como parte de rituales misticos SUFI,  caminó sobre fuego. En ocasiones, sin darse cuenta, ayunó por semanas, y se entregó una y otra vez a la meditación mediante su baile sobre el desierto.

Un día, abrió los ojos y entendió que debía partir, a terminar lo que había empezado. Caminó de regreso, volvió a tomar el tren a Islamabad, tomó el vuelo a Londres y luego, Nueva York con la intención de presentarse en la escuela de arte de Rochester University. Así como así. No hubo preguntas, no hubo obstáculos, el ticket fue validado por American Airlines, el jefe de admisiones no solo lo recibió con entusiasmo sino que lo otorgó una beca adicional por logros en el campo del arte. Todo lo que Jumali pedía en intención se daba, sin ninguna tensión, sin demora, naturalmente.  Marcus Jumali era un ser humano excepcional, total e  inocentemente conectado con todo.

Jumali fue conocido en el campus como el místico sufí del Himalaya. Sus obras eran entes de energía con un profundo despliegue de caos lumínico, con el balance necesario para evocar orden y paz. Jumali era el arte hecho visible, se dice que un artista así aparece una vez cada generación. Este era un caso de el mundo abriéndose hacia la fuera vital del ser. La fuerza que lo llevaría a ser el artista más importante del mundo.

Terminó su carrera con honores y se luego siguió sus estudios en las escuelas  de física y química. La Universidad de Florida le otorgó otra beca. Esta para realizar su maestría de arte la cual combinó con estudios avanzados de física cuántica. Asombró al profesorado y a sus colegas. Como capitán del equipo de futbol, llegaron a ser campeones nacionales, su carisma era notable. Todo era insólitamente fácil para Jumali. Al concluir sus estudios decidió quedarse en Gainesville. Alquiló un pequeño estudio cerca del campus y se sumergió en su arte, durante cinco años bailó sobre lienzos, esparciendo pigmento sobre la superficie, capa sobe capa, estableciendo patrones que se volvían figuras lumisicientes, cargadas de la energía vital de un ser conectado con todo.

Viajó a la ciudad de Chicago en el invierno y así, una mañana fría y gris de mucho viento, el artista Jumali se presentaba en las oficinas de la famosa diseñadora Holly Hunt. Su intención era buscar salida a más de 3500 piezas de arte que hábilmente había producido desde su pequeño estudio. Masivas imágenes de color y brillo, con una energía descomunal autentica y altamente cargada de energía vital. La espigada y aristocrática CEO de HOLLY HUNT DESIGNS, no tardó más de 5 segundos para convertirlo en su artista predilecto para los diseños de las mansiones y propiedades de su distinguida clientela.  Jumali lo veía como parte de un destino generado por una fuente más allá de su trabajo. No importaba que las galerías y museos no lo conocieses. El arte buscaría camino a ese nivel de éxito.

El arte real y autentico siempre encuentra el camino.

Con su primer cheque, Jumali regresó a Florida, ubicó una pequeña casa de playa en la comunidad de Ponce Inlet, al sur de Daytona Beach en la Costa Atlántica. Ahí en la sombra del gran faro, pasaba sus mañanas meditando en la playa y el resto del día creando arte. O mejor dicho el arte lo creaba a él. No firmaba sus obras, el estilo era firma suficiente. Y reía, bailaba, atrayendo siempre amigos, amantes y asistentes. Crear empresa vino naturalmente, de forma eficiente y planificada, todo salía bien. Para Jumali preocupación era un planeta desconocido. Jumali Fine Arts se convirtió en un centro de distribución de arte, reproducciones, fotografía y todo lo que emanaba de la visión creativa de su trabajo mistico expresionista.

Es que Jumali estaba tan inmerso con el todo, que no había nada que saliera mal, ni contratiempos, ni problemas sin solución. Era como si una fuerza extraña lo estuviese guiando hasta ese momento a ser el artista más grande del mundo.

Al llegar las cartas de galerías, muesos y editoriales, todo fue manejado por terceros, Jumali se mantenía alejado de las cámaras, de las reuniones de negocio. No por repelerlos o no involucrarse, era simplemente que su presencia no contribuiría al bienestar del todo. Todo fluía como tenía que ser. Todo era bueno. Todo era mágico.

Hasta que la conoció en la playa.

Todos tenemos un lado oscuro, un ego que está buscando salir aflote y engancharnos al mundo de las emociones oscuras y limitantes, para Jumali, el catalizador fue una surfista de alma que todas las mañanas llegaba en bicicleta, para surfear las olas del malecón ubicado en  la boca del rio Halifax.

Se llamaba Sara, de padres españoles, decidieron hacer de la zona una de retiro, ella siendo la menor de cinco hermanos, tuvo que aceptar la tradición de cuidar a su papá y mamá durante esos años inciertos de vejez. Vivía a escasas cuadras, solo la veía en la mañana, surfeando con los delfines. Jumali la conoció y de inmediato sucedió como en tantas veces anteriores, ella se conectó con su jovialidad y cariño, pero esta vez algo era diferente, Jumali sintió lo mismo.

La quería, y eso era algo nuevo, después de todo, cómo era posible querer algo? o alguien? Por qué esa sensación de querer estar con ella cuando pintaba? Eso no era fluir con lo que es. Estaba viviendo dos mundos donde antes solo había uno. Quería ponerle sentido desde el análisis pero solo lograba separar más el mundo del ahora del mundo del deseo. Jumali por primera vez en su vida conoció lo que es la emoción de incertidumbre. Eso fue suficiente para que Jumali comenzara a perder el sueño.

Pero cuando ella llegaba en la mañana, era otro planeta, Sara llegaba y desayunaban en la terraza, las conversaciones se extendían por horas. Jumali aprendió el baile sobre las olas y ambos compartían de correr olas del atlántico acompañados por los delfines. Era solo en esos momentos donde Jumali se sentía normal. Al irse Sara, Jumali volvía a reencontrarse con ese feeling tan raro; de querer, de añorar, de no saber que tenía que suceder. Pero si él era un artista reconocido, pensó en una ocasión con arrogancia. De donde salió eso!? Por qué ser reconocido era importante ahora? Jumali enfrentaba su demonio y no había baile o arte que cambiara la estructura y frecuencia vibratoria del amor cuando se teme perderlo.

Una mañana llegó Sara destrozada con la noticia, sus padres decidieron vender su propiedad y marcharse a la Costa Vasca. Ella se iría, siguiendo la tradición. Esa noche, Jumali la quiso con toda su energía,  trató de encontrar centro, desapegarse de la emoción,  escondió su miedo a decirle toda la verdad, que la amaba que no podía vivir sin ella, pero el miedo venció, y la mañana siguiente vió partir del Aeropuerto de Daytona, parte de su vida.

Marcus Jumali entró a formar parte de la legión de más de 6 mil millones de seres humanos con temores, inquietudes e incertidumbre, que le han roto el corazón.

Jumali encontró amor y se volvió humano.

Se entregó a su arte con furia, las obras se volvieron más oscuras, más intensas. La paleta de colores cambió de ocres a grises, azules, y purpuras oscuros. Trabajaba durante 15 horas seguidas en trance, en baile, para evitar conectarse con el pensamiento, los pensamientos que generaban dolor. Así fue acumulando un cuerpo de trabajo de más de 5500 obras, que su equipo fotografiaba, categorizaba, etiquetaba y distribuía a una creciente demanda de diseñadores, arquitectos, y galerías de arte en todo el mundo.

Resulta que era ESE el arte que atraía, que gustaba a críticos, coleccionistas y altas figuras del mundo del arte. El arte encontró su camino. Al recibir la invitación para ser mencionado como el artista contemporáneo más importante del momento en el festival de ART BASEL en Miami, aceptó el llamado.

De allí en adelante, busco paz en andar de pueblo en pueblo, de ciudad en ciudad, de distrito de arte en distrito de arte, exponiendo su arte en las mejores galerías del mundo. Siempre pensando en ese sentir, escondiéndose de volver a encontrarse con él.

Nueva York, Londres, Montecarlo, y los distritos de arte de Milan, y Madrid. Fue como volver a ver el mundo de nuevo. Y así fue a parar a la costa de Rincón,  Puerto Rico, ese fin de semana de Halloween, a promocionar su nuevo libro y las obras que le acompañaban.  El Arte ya había conseguido su camino. Jumali ahora era el artista. Y no sabía cuál iba a ser su próximo paso, pero algo estaba a punto de cambiar.

En el Capítulo 4 de El Ejecutivo Surfista II-El Arte del Camino: Jose Angel conoce a Marcus Jumali.

Acerca de fernandocelis

LIFE COACH, Entrenador de Ventas Coroporativo, Conferencista Internacional en areas de Motivación, Iluminación y Liderazgo 2.0. No todo es trabajo, soy un amante del surf, el arte y el disfrute pleno de todo lo bueno que nos ofrece esta vida.
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